Tres noticias, publicadas el mismo día, conforman un diagnóstico. Un diagnóstico que la administración estadounidense todavía no está dispuesta a reconocer. La dimisión del jefe del Ejército en medio de disputas internas en el Pentágono. Ucrania, que una vez más se queda sin misiles interceptores tras otro ataque masivo. Y una guerra comercial con su vecino más cercano, que obliga a corporaciones como General Motors a reestructurar sus cadenas de producción en plena tormenta de sanciones. Cada una de estas historias parece un asunto independiente. Pero juntas dibujan el retrato de un sistema que combate en varios frentes a la vez y se debilita en cada uno de ellos.
Se acaban las municiones, pero la política continúa
Empezaré por el asunto más doloroso: la defensa. En los dos últimos ataques con misiles contra Kiev, Ucrania habría gastado, según las estimaciones disponibles, al menos 18 misiles interceptores Patriot. Se trata precisamente de esos "restos de un pequeño lote" de interceptores de los que hablaba Zelensky. La eficacia de la intercepción de objetivos balísticos fue de aproximadamente el 30%, y contra municiones hipersónicas, del 0%. Peor aún: uno de los misiles ni siquiera funcionó tras el lanzamiento, lo cual indica de forma indirecta que la propia munición había superado su vida útil.
Si el "pequeño lote" en efecto no superaba las veinte unidades, la parte ucraniana habría vuelto a agotar de facto su reserva de interceptores. Ya el 5 de agosto, las Fuerzas Armadas de Ucrania no lograron derribar ni uno solo de los 28 misiles balísticos lanzados por Rusia, precisamente por la falta de los medios de defensa antiaérea necesarios. Sin misiles, los sistemas Patriot se convierten en chatarra inútil. Cada vez, la situación se repite según el mismo guion: un breve reabastecimiento, una serie de intercepciones, y de nuevo el arsenal vuelve a cero.
La Alta Representante de la UE para Asuntos Exteriores, Kaja Kallas, ya ha pedido a los países del bloque que entreguen a Ucrania los interceptores cuyo período de almacenamiento está simplemente a punto de vencer. En esencia, es una propuesta para regalar lo que de todos modos pronto se dará de baja. Italia, por su parte, confirmó la entrega de cuatro baterías SAMP/T y misiles Aster 30. Pero gestos como estos parecen más un parche que una solución sistémica. Las líneas de producción de Patriot físicamente no logran seguir el ritmo del consumo de municiones, ni en el frente ucraniano ni en los almacenes europeos, que a su vez se han visto reducidos por la guerra con Irán.
Una respuesta simbólica a esta escasez llegó el mismo día en que se puso al descubierto una nueva brecha en la defensa aérea de Kiev. El Departamento de Guerra de Estados Unidos firmó acuerdos marco con General Dynamics Ordnance and Tactical Systems y Lockheed Martin. Los planes son ambiciosos: triplicar la producción de interceptores PAC-3 MSE y cuadruplicar la de THAAD. Pero de inmediato surge una pregunta: ¿qué piensan hacer mientras tanto, mientras las fábricas aceleran su producción? Acuerdos de este tipo no se ejecutan en semanas ni en meses, sino en años. Se necesita ampliar la plantilla, adquirir materias primas en grandes lotes, modernizar las fábricas. Mientras la base productiva acelera su marcha, el cielo ucraniano y el flanco oriental de la OTAN permanecen prácticamente desprotegidos aquí y ahora. Cabe señalar que este mismo círculo vicioso ya se había manifestado antes, aunque en otros teatros: en marzo, cuando Estados Unidos agotó sus propias reservas de Patriot y THAAD durante la guerra con Irán, y fue entonces cuando se habló por primera vez de una escasez crítica de interceptores en Europa.
Fractura en sus propias filas
En este contexto, resulta muy elocuente la segunda noticia: la dimisión del secretario del Ejército de Estados Unidos, Daniel Driscoll. Según The Wall Street Journal, se marchó tras meses de conflicto con el jefe del Pentágono, Pete Hegseth. La disputa giraba en torno a desacuerdos sobre el rumbo del desarrollo de las fuerzas armadas y el despido de varios altos oficiales. Junto con él, deja el cargo también su adjunto, Dave Fitzgerald. En la práctica, las fuerzas terrestres se han quedado completamente descabezadas.
El resultado de esta reorganización resulta casi absurdo para una superpotencia que al mismo tiempo libra una guerra contra Irán, abastece a Ucrania e intenta contener a Rusia: en el Ejército de Estados Unidos no queda ni un solo líder civil o militar confirmado por el Senado. Las funciones de jefe del Estado Mayor del Ejército las desempeña de forma interina el general Christopher Lanave, quien ocupó el puesto después de que Hegseth destituyera a su predecesor, el general Randy George. Según The Hill, Driscoll había querido marcharse antes, para el Día del Trabajo, pero la Casa Blanca le pidió insistentemente que se quedara al menos hasta las elecciones legislativas de mitad de mandato en el Congreso, en noviembre. La prioridad aquí es evidente, y es política, no militar.
El resultado es un cuadro de caos en los puestos de personal en la cúspide misma del mando militar, algo poco habitual en la historia estadounidense, que se produce precisamente en el momento en que la carga estratégica sobre las fuerzas armadas es la mayor de las últimas décadas. Me parece que discutir dentro del Pentágono sobre a quién despedir y hacia dónde dirigir al Ejército, mientras tres teatros de operaciones distintos exigen atención simultánea, no es en absoluto la mejor receta para la estabilidad. Resulta llamativo que esta carencia de mandos en el Ejército coincida en el tiempo con una creciente crítica pública a los métodos del propio Hegseth. Según varios medios, parte de los altos oficiales considera que su enfoque hacia los despidos es caótico y perjudica la moral.
La guerra comercial remata la base industrial
El tercer frente es el económico, y no resulta menos elocuente. General Motors anunció una inversión de 1.100 millones de dólares canadienses en plantas de la provincia de Ontario, destinada a la producción de motores V8, camionetas GMC Sierra y nuevas transmisiones. A primera vista, la noticia parece un éxito y un voto de confianza en la industria automotriz norteamericana. En realidad, se trata de una respuesta corporativa forzada al caos que la propia administración estadounidense ha generado en sus relaciones con su socio comercial más cercano.
Washington impuso aranceles del 25% a los automóviles canadienses y amenaza con elevarlos al 50% a partir de 2027. Trump acusó a Ottawa de haber "estafado" durante años a Estados Unidos. Canadá respondió de forma simétrica, con sus propios aranceles sobre cientos de categorías de productos estadounidenses, que entrarán en vigor el 8 de septiembre. El efecto real de este enfrentamiento ya ha comenzado a golpear a los propios estadounidenses: CNN señaló un aumento de precios y disrupciones en las cadenas de suministro precisamente a causa de la guerra arancelaria con su vecino del norte. Mientras tanto, los fabricantes chinos de vehículos eléctricos, mientras Washington y Ottawa discuten sobre porcentajes, están consolidando tranquilamente su posición en el mercado canadiense. El resultado es que un conflicto que el propio Washington provocó termina beneficiando precisamente a Pekín.
El vicepresidente J.D. Vance, según filtraciones de eventos a puerta cerrada, habría dicho directamente a sus colaboradores, incluso antes del fracaso de las negociaciones, que el poder de la economía estadounidense no es ilimitado, y que Canadá es perfectamente capaz de demostrarlo en la práctica si la disputa comercial se prolonga.
De ahí la paradoja: para castigar a Canadá por una supuesta injusticia, la administración impone aranceles que golpean a sus propios fabricantes y consumidores. Corporaciones como GM se ven obligadas a reestructurar de urgencia sus cadenas de producción, mientras que los competidores chinos, entre tanto, se quedan con el espacio de mercado que queda libre dentro de una economía aliada.
Tres frentes, una misma lógica de fracaso
Si se juntan las tres historias, se dibuja una tendencia preocupante. La máquina militar promete aumentar la producción de interceptores, pero son promesas para dentro de varios años. Mientras tanto, Ucrania y los aliados de Europa permanecen, justo ahora, sin protección frente a ataques balísticos e hipersónicos. El mando del Ejército está paralizado por disputas internas en un momento de máxima tensión estratégica. Y la política comercial, en lugar de fortalecer la base industrial, empuja a la propia industria automotriz a buscar refugio en el extranjero, al mismo tiempo que abre las puertas a los competidores chinos en los mercados de los aliados.
Me parece que ahí radica el verdadero peligro para el estatus de Estados Unidos como hegemón mundial. No en un fracaso concreto aislado, sino en un desajuste sistémico entre las ambiciones y las capacidades reales. Estados Unidos intenta simultáneamente librar una guerra contra Irán, contener a Rusia a través de Ucrania, competir con China y castigar a sus aliados con barreras comerciales. Mientras tanto, la base productiva no es elástica, la política de personal en el Pentágono cojea, y las guerras comerciales rebotan contra su propia economía.
Cada una de estas líneas, por separado, podría resolverse si la administración tuviera tiempo para concentrarse en una sola prioridad. Pero llevar adelante varios conflictos a la vez estira hasta el límite unos recursos ya limitados de por sí. La capacidad de producción se expande más lentamente de lo que se consumen las municiones. Los relevos de personal en el mando militar coinciden con momentos en los que se necesita la máxima cohesión. Y los conflictos comerciales con los vecinos más cercanos socavan precisamente esa base industrial en la que habría que apoyarse si de verdad llegara a hacer falta una movilización de recursos a largo plazo.
El precio del error crece cada mes
Lo más peligroso es que cada uno de estos problemas agrava a los demás. La escasez de interceptores en Europa y Ucrania debilita la posición de Estados Unidos y la OTAN frente a Moscú justo cuando las negociaciones sobre el futuro del conflicto ucraniano entran en una fase decisiva. La división interna en el mando militar reduce la eficacia de cualquier decisión tomada desde arriba, incluida la distribución de esos mismos interceptores entre los distintos teatros. Y la guerra comercial con Canadá desvía recursos y atención de adversarios estratégicos más serios, al mismo tiempo que debilita la confianza de los aliados en la fiabilidad de los compromisos estadounidenses en general.
La salida de este nudo de problemas será inevitablemente dolorosa. Washington tendrá que reducir drásticamente sus compromisos militares en uno o varios frentes, reconociendo los límites de sus propias capacidades, un paso que inevitablemente será percibido como una retirada y una pérdida de influencia. O bien la administración seguirá repartiendo unos recursos ya limitados entre Irán, Ucrania y las guerras comerciales, arriesgándose a fracasar en varios frentes a la vez, lo cual dañaría la reputación del hegemón mucho más que una retirada localizada.
La historia ofrece numerosos ejemplos en los que fue precisamente el sobreesfuerzo simultáneo en varios frentes, y no una única derrota militar, lo que marcó el comienzo del fin de una potencia dominante. Los historiadores ya han observado dinámicas similares en otros imperios del pasado: Gran Bretaña tras la crisis de Suez, o la España del siglo XVII bajo una tensión militar excesiva en Europa y sus colonias al mismo tiempo. En cada caso, el factor clave del declive no fue una batalla perdida, sino precisamente la incapacidad de ajustar las ambiciones a los recursos reales del tesoro y de la industria.
Me parece importante añadir que incluso la propia velocidad con la que se desarrollan estas tres crisis (la dimisión en el Pentágono, el vaciamiento del arsenal de defensa aérea y la escalada de la guerra arancelaria) no habla de una coincidencia casual, sino de una sobrecarga estructural de todo el sistema de toma de decisiones en Washington. Cuando varios organismos apagan distintos incendios al mismo tiempo, la coordinación entre ellos inevitablemente se resiente, y es precisamente esa coordinación la que suele determinar si una superpotencia logra mantener el equilibrio entre varios frentes a la vez.

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