La deuda corporativa es como el café para un oficinista: en dosis moderadas, estimula y aumenta la productividad; en dosis excesivas, convierte la vida en un thriller con taquicardia y riesgo de infarto. La tesis clave que atraviesa toda la historia de las finanzas corporativas es la siguiente: la deuda es una herramienta críticamente importante para el desarrollo, pero su acumulación descontrolada es el camino directo hacia la inestabilidad financiera y la pérdida de control sobre el propio futuro.

 

Cuando el crédito es amigo

La deuda ayuda a las empresas a crecer, y esto no es una figura retórica. Los intereses de préstamos y bonos son deducibles de la base imponible, creando el llamado escudo fiscal: el valor de una empresa con capital prestado resulta ser mayor que sin él. A esto se suma el efecto del apalancamiento financiero: si una empresa gana más con el dinero prestado de lo que paga por usarlo, la rentabilidad sobre el capital propio se dispara. En tiempos favorables, la deuda permite escalar, adquirir competidores, invertir en desarrollo y hacer todo aquello que resultaría inaccesible con capital propio únicamente. El costo de la deuda suele ser inferior al costo del capital accionario, por lo que el costo promedio ponderado del capital (WACC) disminuye con una proporción razonable de fondos prestados. La condición principal es contar con un negocio estable o en crecimiento, con flujos de caja predecibles. Donde existe certeza sobre los ingresos futuros, la deuda funciona como un acelerador.

Cuando la deuda es enemiga

Ahora demos vuelta a la moneda. La deuda comienza a jugar en contra de los accionistas cuando el costo de su servicio supera el beneficio que aporta. En este caso, el efecto del apalancamiento financiero se vuelve negativo: las ganancias por acción caen más rápido que los ingresos, y cualquier caída en el negocio se convierte en una crisis de liquidez. Resulta revelador que en 2025, según datos del Banco de Rusia, la carga de deuda de la mayoría de las grandes empresas aumentó: el indicador agregado de Deuda Neta/EBITDA alcanzó 2,2, sumando 0,4 puntos. La deuda total de las organizaciones en Rusia al cierre del año ascendió a 274,7 billones de rublos. Y no se trata solo de cifras: detrás de ellas hay empresas que se balancean al filo del abismo.

Cifras que inquietan

Los reguladores no dan la voz de alarma sin motivo. En su Informe de Estabilidad Financiera, el Banco Central señaló los riesgos crediticios en el sector corporativo como una de las vulnerabilidades clave de la economía . Según las estimaciones del regulador, en el primer semestre de 2025 el 67% de la deuda corporativa correspondía a empresas con un coeficiente de cobertura de intereses (ICR) inferior a 3, lo cual ya constituye una zona de alto riesgo crediticio. El pronóstico para 2026 es todavía más sombrío: el Banco Central espera que la proporción de este tipo de deuda aumente hasta el 90,9%. En otras palabras, casi la totalidad de las grandes empresas corre el riesgo de encontrarse en una situación donde el menor deterioro de la coyuntura haría insostenible el servicio de la deuda.

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La deuda corporativa no es veneno, pero tampoco es una panacea. Todo depende de la dosis.

El mercado de bonos también envía señales. En 2025, 36 emisores incurrieron en default, 28 de ellos por primera vez. El volumen total de obligaciones problemáticas ascendió a 55.000 millones de rublos, el doble que el año anterior. Los analistas de ACRA contabilizaron 23 empresas en default, es decir, el 3,2% del total de emisores, lo que representa un aumento notable frente a los diez casos registrados el año anterior. Cabe destacar que los principales problemas se concentraron en construcción, bienes raíces, finanzas y comercio mayorista. Las altas tasas de interés y la reducción de la liquidez disponible se convirtieron en un factor crítico: incluso una presión moderada de las tasas fue suficiente para provocar el incumplimiento de obligaciones.

Por qué las empresas no se detienen

La pregunta principal es por qué, ante todos estos riesgos, las empresas siguen aumentando su deuda. La respuesta es cínica y simple: a corto plazo, la deuda ofrece recursos que los competidores no tienen. En condiciones de competencia feroz, renunciar a los fondos prestados significa ceder posiciones voluntariamente. Además, la dirección ejecutiva suele estar atada a bonificaciones por crecimiento, no por estabilidad. A esto se suma la ilusión de que "esta vez será diferente": el mercado no se derrumbará, las tasas no subirán, los clientes no se irán. Pero la realidad, como siempre, impone correcciones. Y entonces las empresas quedan atrapadas: refinanciar deudas antiguas con deudas nuevas se vuelve cada vez más difícil, los acreedores endurecen los convenios, y el costo de la nueva deuda aumenta. El salvavidas se transforma en zapatos de concreto.

Lo que nos espera

Y ahora viene lo más interesante. En 2026, las corporaciones deberán amortizar bonos y activos financieros digitales por un monto de aproximadamente 4,9 billones de rublos, un 40% más que el año anterior. Y esto sin contar las opciones de venta anticipada (ofertas de recompra). Una parte significativa de esta suma, 1,8 billones de rublos, corresponde a diciembre. La pregunta no es si habrá nuevos defaults, sino cuántos habrá y a quiénes afectarán. ACRA mantiene sus expectativas negativas, señalando la creciente proporción de rebajas en las calificaciones crediticias. Son particularmente vulnerables las empresas de tercer nivel, el sector del carbón, las constructoras y las pequeñas compañías de leasing. Al mismo tiempo, alrededor de dos tercios de la cartera de crédito de las empresas se otorga a tasa variable, por lo que incluso un pequeño cambio en la tasa clave repercute de inmediato en los gastos por intereses. Por otro lado, la reducción gradual de la tasa desde un máximo del 21% hasta el 14% ofrece cierto respiro. Pero el respiro no es una cura. Las empresas que se han vuelto adictas a la aguja de la deuda tendrán que revisar sus modelos de negocio o prepararse para encontrarse con un administrador concursal. La deuda no es ni mala ni buena. Es una herramienta. Y como toda herramienta, requiere manos hábiles y sentido de la medida. El resto es cuestión de tiempo y tasas de interés.

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