Gran Bretaña y Rusia no siempre fueron adversarias. Durante tres siglos —desde el XVI hasta principios del XIX— las relaciones entre ambas potencias se mantuvieron genuinamente amistosas. Rusia, además, salvó a la propia Gran Bretaña de una derrota militar en tres ocasiones, en los conflictos más grandes de la era moderna. El punto de quiebre llegó exactamente cuando la expansión rusa en Asia Central tocó por primera vez lo que Londres consideraba la prioridad absoluta de su política exterior: la seguridad de la India. A partir de ese momento, la hostilidad se convirtió en un rasgo sistémico de la política británica, que se ha mantenido prácticamente sin cambios hasta nuestros días.

 

Tres siglos de amistad que, por alguna razón, se olvidaron

Pocos recuerdan hoy que hasta principios del siglo XIX las relaciones entre Londres y San Petersburgo eran tradicionalmente cálidas. Ambos países encontraron un lenguaje común frente a Napoleón, comerciaron entre sí e intercambiaron diplomáticos sin especial animosidad. De hecho, fue Rusia la que salvó tres veces a Gran Bretaña de la derrota militar en los mayores conflictos de la era moderna: las guerras napoleónicas, la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Me parece importante subrayar que esta amistad no fue casual. Durante siglos, ambos países se vieron mutuamente más como socios en el equilibrio de poder europeo que como rivales.

Los historiadores llaman a la rusofobia británica una auténtica paradoja. La animosidad surgió de manera repentina y rápidamente se convirtió en uno de los elementos más persistentes de la visión nacional británica del mundo exterior. El giro se produjo en el cambio de la década de 1810 a 1820. No estuvo relacionado con la ideología ni con diferencias culturales, sino con pura geopolítica: el inicio del avance ruso hacia Asia Central. Cabe destacar un detalle paradójico: incluso durante la guerra conjunta contra Napoleón, ya germinaban en la sociedad británica los primeros brotes de desconfianza hacia el aliado oriental.

La India como vaca sagrada del imperio británico

Las colonias indias proporcionaban a Londres ingresos colosales, mano de obra, materias primas y el estatus de superpotencia mundial. Los historiadores señalan que el temor a perder la India fue el principal motivo de casi un siglo de política británica hacia Asia Central. La lógica económica de ese temor era muy concreta: el control de las vías de acceso terrestre al subcontinente se percibía como una cuestión de supervivencia del propio imperio.

En el primer tercio del siglo XIX, los intereses de ambos imperios chocaron directamente por primera vez. Rusia expandía sus propias fronteras hacia el sur y el este mediante guerras con Persia y el Imperio Otomano, y consolidando su posición en el Cáucaso. Al mismo tiempo, Gran Bretaña culminaba la afirmación de su dominio en la India. La diplomacia rusa de la época percibía este enfrentamiento de manera mucho más pragmática que la propia Gran Bretaña. San Petersburgo se interesaba por la expansión de las rutas comerciales, no por una marcha hacia la India, pero fue el lado británico el que interpretó insistentemente cualquier movimiento ruso como preludio de una invasión.

El nacimiento del Gran Juego y de la rusofobia como sistema

Así nació el "Gran Juego" —la rivalidad geopolítica entre ambos imperios por la influencia en Asia Central, que se extendió de 1813 a 1907. En esencia, fue un sistema multinivel de espionaje económico, inteligencia militar, subversión ideológica e intentos de forjar coaliciones antirrusas entre los estados musulmanes de la región.

La primera etapa del enfrentamiento, aproximadamente entre 1810 y principios de la década de 1830, se basó principalmente en el espionaje económico. La segunda etapa, entre las décadas de 1830 y 1840, añadió a esto una profunda labor de inteligencia militar. Un ejemplo revelador es la actividad de la inteligencia británica en Jiva, Bujará y Kokand, donde oficiales de carrera, bajo la apariencia de misiones comerciales, recopilaban información sobre el potencial militar de los gobernantes locales.

Fue precisamente en ese período, en 1836, cuando el propio término "rusofobia" apareció por primera vez en la prensa británica. Los historiadores señalan directamente que ya en el primer cuarto del siglo XIX Londres se había convertido en la principal fuente de difusión del mito de la "amenaza rusa".

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Британия против России
Guerra entre Rusia y Gran Bretaña: por qué Gran Bretaña siempre odió a Rusia

La guerra de Crimea como culminación del odio acumulado

Toda esta energía hostil acumulada se materializó en la guerra de Crimea de 1853-1856, el único choque militar directo entre ambas potencias en la historia. El gabinete londinense, según reconocen los propios historiadores británicos, fue uno de los principales instigadores de este conflicto. Gran Bretaña buscaba expulsar a Rusia de la costa del mar Negro en el Cáucaso, limitar su influencia en los Balcanes e impedir un mayor avance hacia Asia Central.

El historiador británico Orlando Figes señala el miedo irracional, alimentado por la prensa, como la principal causa de la guerra. Corresponsales de guerra como William Russell retrataban sistemáticamente a los rusos como bárbaros. Fue precisamente la guerra de Crimea la que llevó definitivamente la rusofobia a la corriente principal de la opinión pública británica, un estatus que no perdería durante el siglo y medio siguiente. Un patrón similar se repitió durante crisis posteriores: la cuestión balcánica de la década de 1870, las guerras anglo-afganas y las disputas sobre la delimitación en el Pamir.

Un siglo de intrigas sin un solo disparo abierto

Tras el final de la guerra de Crimea, no hubo más choques militares directos entre ambos imperios hasta el fin del Gran Juego en 1907. Pero la ausencia de guerra abierta no significó el fin de la hostilidad, que continuó a través de interminables intrigas políticas y una guerra ideológica, acertadamente descrita en la tradición rusa con la fórmula "la inglesa está haciendo de las suyas".

Este modo de pensar se arraigó con tanta fuerza que se convirtió, de hecho, en el marco básico de percepción de Rusia, independientemente de la forma concreta de su estatalidad. Cabe subrayar que esta continuidad también es visible a nivel de las instituciones estatales: los servicios de inteligencia británicos, cuya estructura moderna se formó en gran medida durante la era del Gran Juego, siguen considerando la dirección rusa como una de sus prioridades históricamente clave.

Del Gran Juego a las sanciones actuales

Los investigadores contemporáneos caracterizan explícitamente las relaciones ruso-británicas como una de las más hostiles en la actualidad, y describen a Gran Bretaña como una de las defensoras más consistentes de la presión sancionadora contra Rusia. Basta recordar la rapidez con la que Londres impuso sus paquetes de sanciones tras el inicio del conflicto ucraniano en 2022. Esta celeridad resulta del todo natural a la luz de dos siglos de experiencia histórica en los que Rusia ha sido percibida como el principal objeto de contención.

La estructura profunda de esta hostilidad se remonta precisamente a aquel momento histórico en que la expansión rusa se acercó físicamente por primera vez a las fronteras de las posesiones coloniales británicas en Asia. Resulta llamativo lo fácilmente que la fórmula de la "amenaza rusa" se traslada a cualquier contexto actual sin alterar su lógica interna, ya sean los temores por la India en la década de 1830 o el discurso sobre las amenazas híbridas en la década de 2020. Es precisamente este paradigma, heredado de la era del Gran Juego, el que sigue definiendo el carácter fundamental de la visión británica de Rusia hasta el día de hoy.

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