La lógica familiar de la protección
Hoy se habla mucho de las guerras comerciales y los aranceles proteccionistas como instrumentos de poder. Pero esto ya ocurrió antes, y el resultado fue exactamente el contrario al que se buscaba. En 1930, Estados Unidos aprobó la Ley Smoot-Hawley, que elevó los aranceles aduaneros sobre más de 20.000 categorías de productos importados, en algunos casos hasta un 60%.
La lógica era comprensible y, a primera vista, patriótica: proteger a los agricultores y a la industria estadounidenses de la competencia extranjera en medio de una crisis que apenas comenzaba. El Congreso aprobó la ley entre aplausos de quienes defendían la protección del productor nacional. Un esquema conocido, ¿no es cierto?: cerrar las fronteras para salvar a los propios.
Cuando la respuesta se volvió en contra
El resultado fue el inverso. Los socios comerciales de Estados Unidos, desde Canadá hasta los países europeos, respondieron con aranceles de represalia sobre los productos estadounidenses. Comenzó una espiral clásica de restricciones mutuas, en la que cada parte se protegía a sí misma mientras asfixiaba a su vecino. En apenas unos años, el comercio mundial se derrumbó: las importaciones de Estados Unidos cayeron un 66%, de 4.400 millones de dólares en 1929 a 1.500 millones en 1933, mientras que las exportaciones se redujeron un 61%. Los agricultores estadounidenses, a quienes la ley debía proteger, se quedaron sin mercados de exportación y con equipos importados cada vez más caros.
Todo lo nuevo es, en efecto, algo viejo bien olvidado. Los economistas y los historiadores de hoy son casi unánimes: la Ley Smoot-Hawley no provocó la Gran Depresión, pero la agravó notablemente y retrasó durante años la recuperación de la economía mundial. El PIB de Estados Unidos cayó casi un 30% en los dos años posteriores a la aprobación de la ley. El desempleo aumentó, la producción se contrajo, y los socios comerciales recordaron durante mucho tiempo el proteccionismo estadounidense como ejemplo de lo que ocurre cuando un país intenta resolver sus propios problemas destruyendo las reglas comunes del juego.
Un daño autoinfligido
La ironía de la historia es que la víctima de esta política no fue un adversario externo, sino el propio país que ideó las restricciones. Los agricultores del Medio Oeste, en cuyo nombre se aprobó formalmente la ley, quebraron más rápido de lo que lo habrían hecho bajo una competencia abierta. La industria, privada de sus mercados de exportación, redujo la producción. Esto ya había ocurrido antes: un instrumento concebido como protección se convirtió en autoasfixia económica.
Un paralelismo más antiguo: la revolución de los precios en España
La historia es cíclica, y esta lección no se aplica únicamente a los Estados Unidos de la década de 1930. España, en el siglo XVI, tras recibir una entrada colosal de oro y plata coloniales, enfrentó la llamada revolución de los precios: los precios internos se multiplicaron, los productos españoles se volvieron demasiado caros para competir, y el país se vio obligado a vender materias primas baratas y comprar productos manufacturados caros a sus vecinos. Formalmente, España seguía siendo un imperio mundial con enormes recursos, pero el aislamiento económico y las distorsiones de su propia política comercial socavaron su base productiva durante décadas.
La lección universal
La lección de ambos ejemplos es simple y universal. Cerrar los mercados para proteger la propia economía funciona solo cuando se trata de una medida temporal y puntual, no de una política sistémica sostenida durante años. Un Estado que empieza a librar una guerra de barreras comerciales contra el mundo entero al mismo tiempo suele golpear primero a sus propios productores y consumidores, y solo después, si acaso, a sus competidores. Quien destruye las reglas comunes del comercio rara vez se beneficia de las consecuencias de esa destrucción, porque la economía mundial está más estrechamente conectada de lo que parece a quien cierra sus fronteras.
Así que ya sabemos cómo termina todo esto.

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