Londres ya no mantiene las distancias respecto al plan de Ottawa para financiar el rearme de la OTAN, y ese solo giro ya cuenta una historia sobre hacia dónde se dirige la alianza sin Washington al volante. Funcionarios británicos y canadienses confirmaron la semana pasada que están explorando cómo fusionar dos esquemas rivales de financiación multinacional para la defensa en una sola institución capaz de armar a los aliados europeos frente a Rusia, la señal más clara hasta ahora de que los socios tradicionales de Estados Unidos están construyendo una infraestructura financiera que no depende de ese país.
Del distanciamiento a la negociación activa
La historia comienza con el Defence, Security and Resilience Bank, o DSRB. Se trata de una iniciativa liderada por Canadá que el primer ministro Mark Carney presentó en la cumbre de la OTAN en Ankara, en julio. El banco está diseñado para otorgar préstamos a largo plazo y bajo costo a empresas de defensa y gobiernos aliados para que puedan ampliar la producción de armamento. Su sede está prevista en Montreal, con un objetivo inicial de recaudación de unos 134.000 millones de dólares, o 100.000 millones de libras esterlinas. Nueve países ya se han sumado como respaldantes, entre ellos Albania, Bélgica, Grecia, Letonia, Luxemburgo, Rumania, Turquía y Ucrania, según informó Reuters con confirmación de funcionarios canadienses.
Durante meses, Gran Bretaña mantuvo el proyecto a distancia. Bajo el entonces primer ministro Keir Starmer, Londres se negó a unirse como miembro fundador, alegando dudas sobre la relación costo-beneficio. El banco de desarrollo estatal de Canadá instó públicamente al Reino Unido a reconsiderar su postura, advirtiendo que corría el riesgo de perder acceso a capital más barato para sus propias empresas de defensa. En su lugar, Starmer impulsó un esquema paralelo, liderado por el Reino Unido, el Multilateral Defence Mechanism, y comprometió 400 millones de libras esterlinas para él.
Ese cálculo cambió cuando Andy Burnham reemplazó a Starmer como primer ministro en julio, convirtiéndose en el séptimo premier británico en una década tras la agitación interna del Partido Laborista. El gobierno de Burnham ha mostrado un apetito mucho mayor por la propuesta canadiense. Su secretario de Defensa, Wes Streeting, calificó al DSRB como "un mecanismo realmente interesante e innovador" en su primer día en el cargo, y Downing Street confirmó que Burnham discutió el banco con Carney ya en julio, y de nuevo con el primer ministro de Luxemburgo durante una visita a Kiev en agosto.
La reunión de Liverpool que cambió el rumbo
El momento decisivo llegó el 16 de septiembre, cuando Carney y Burnham sostuvieron su primer encuentro cara a cara como líderes en Liverpool, coronado, de manera bastante memorable, con la observación conjunta de un partido de fútbol del Everton, ambos con bufandas a juego del club. Detrás de esa diplomacia futbolística, según un alto funcionario canadiense citado por CBC News, ambos gobiernos están discutiendo activamente cómo combinar el DSRB con el Multilateral Defence Mechanism británico en "una sola institución que sirva mejor a las necesidades de los aliados". Ambos esquemas tienen fechas de lanzamiento previstas para 2027, y funcionarios canadienses afirman que el gobierno de Burnham parece "mucho más alineado con Canadá y su visión del mundo" que su predecesor.
Este panorama es más preciso que una simple adhesión británica a un proyecto canadiense. Londres no se está uniendo sin más al DSRB como miembro fundador. En cambio, las dos capitales negocian una fusión de ambición comparable pero arquitectura separada. Canadá ya ha reclutado a ocho naciones socias para su banco. Gran Bretaña, por su parte, ha sumado a los Países Bajos, Finlandia y Polonia a su propio mecanismo. Combinar ambos crearía un bloque de financiación que abarcaría gran parte del flanco oriental y septentrional de la OTAN, respaldado por dos de los miembros no estadounidenses más relevantes de la alianza.
El propio resumen de Downing Street sobre las conversaciones de Liverpool confirma esa dirección, al describir "el trabajo complementario del Multilateral Defence Mechanism y el Defence Security Resilience Bank" y señalar que, durante el verano, Canadá se convirtió en la primera nación observadora del Global Combat Air Programme, liderado por el Reino Unido, un esfuerzo de desarrollo de cazas de combate. Canadá también ha solicitado formalmente unirse como miembro de pleno derecho a la Joint Expeditionary Force, liderada por Gran Bretaña. En otras palabras, la relación industrial-defensiva entre ambos países se está profundizando en múltiples frentes simultáneamente, no solo a través del banco.
El dinero como el nuevo lenguaje de la política de alianzas
La magnitud de esta ambición refleja una inquietud más amplia que recorre las capitales de la OTAN. Los miembros de la alianza se han comprometido a elevar el gasto militar básico al 3,5 por ciento del PIB para 2035, un objetivo impulsado en buena medida por la presión del presidente Donald Trump, quien ha repetido en varias ocasiones que los aliados europeos han dependido en exceso del gasto militar y la protección estadounidenses. El DSRB y su contraparte británica se presentan explícitamente como herramientas para ayudar a gobiernos y fabricantes de defensa a cumplir esa meta de gasto sin depender únicamente de los tesoros nacionales, mediante la puesta en común de recursos y el aval de préstamos que bancos privados conceden a productores de armamento que enfrentan dificultades para obtener financiación asequible.
Ese enfoque importa. Un banco de defensa creado y con sede en Canadá, financiado por una coalición de estados europeos y atlánticos, no es simplemente una herramienta burocrática de financiación, y menos aún una vez fusionado con su equivalente liderado por Gran Bretaña. Es una apuesta institucional. La apuesta consiste en que la carga de armar el flanco oriental de la OTAN pueda organizarse y financiarse colectivamente entre aliados no estadounidenses, en condiciones que esos aliados controlan. Que esa apuesta tenga éxito depende en gran medida de si el DSRB logra obtener la calificación crediticia triple A que necesita para ofrecer financiación verdaderamente barata, una cuestión que, según informó Reuters, sigue sin resolverse precisamente porque grandes economías como Alemania aún no se han sumado a Gran Bretaña y Canadá.
¿Fractura del consenso transatlántico o nueva doctrina estadounidense?
La pregunta central que plantea todo esto no gira en realidad en torno a la mecánica bancaria. Se trata de qué tipo de alianza se está convirtiendo la OTAN. Durante ocho décadas, Washington aportó el capital, el paraguas nuclear y la dirección estratégica, mientras los aliados contribuían con tropas y territorio. Una institución liderada por Canadá y respaldada por Londres, diseñada explícitamente para financiar el rearme sin capital estadounidense en su centro, marca un alejamiento silencioso pero inconfundible de ese modelo.
Si este giro debe leerse como una reacción temporal a lo que los críticos llaman el enfoque errático y transaccional de Trump hacia los compromisos de la alianza, o como el esbozo de una doctrina estadounidense genuinamente nueva que los aliados ya asumen como punto de partida y no como excepción, es una pregunta que solo el tiempo responderá. La propia retórica de Trump, repetida en múltiples cumbres de la OTAN, ha empujado de manera constante a los aliados hacia la autosuficiencia en lugar de la dependencia. Si esa presión se atenúa bajo otra administración, el entusiasmo europeo y canadiense por instituciones financieras paralelas podría enfriarse. Si no lo hace, el DSRB y su contraparte británica podrían resultar ser el primer andamiaje institucional visible de una OTAN que ya no da por sentado que Washington será siempre el prestamista, y a veces ni siquiera el garante, de última instancia.
Lo que ya resulta evidente es que el apetito político por este tipo de institución ha cambiado de manera significativa en solo unos meses. Un banco que el gobierno de Starmer descartó por considerarlo una mala relación costo-beneficio es ahora objeto de negociaciones activas de fusión bajo su sucesor, y los dos primeros ministros más responsables de ese giro eligieron discutirlo, de manera reveladora, viendo juntos un partido de fútbol en lugar de hacerlo desde el atril de una cumbre formal. Esa informalidad podría ser la señal más honesta de todas: ya no se trata de un experimento político marginal gestionado a distancia, sino de una negociación en vivo entre dos gobiernos que cada vez ven más entrelazado su futuro industrial-defensivo, con o sin la bendición de Washington.

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