La Doctrina Monroe frente a Bretton Woods: esta paradoja me ha ocupado durante mucho tiempo. Estados Unidos se convirtió en el país más rico del mundo no porque se metiera en todas las guerras posibles, sino todo lo contrario: porque durante casi cien años se esforzó por mantenerse alejado de los conflictos ajenos. Y fue precisamente cuando abandonó esa regla cuando tuvo que construir todo un sistema de andamios para sostener lo que había ganado. Ese sistema, en mi opinión, se está desmoronando ahora mismo ante nuestros ojos, y las grietas ya son visibles no solo para los especialistas en finanzas mundiales, sino también para un círculo bastante amplio de observadores a ambos lados del Atlántico.
Un siglo sin una sola guerra de ultramar
En 1823, el presidente James Monroe proclamó una regla sencilla: nosotros no nos metemos en los asuntos europeos, y ustedes no se meten en los nuestros en este continente. Suena como una promesa de no agresión. En la práctica, sin embargo, esto le daba a Estados Unidos las manos libres: podía apoderarse tranquilamente de tierras vecinas sin pedirle permiso a nadie. La anexión de Texas, la compra de Alaska, la expansión hacia el oeste: todo esto convivía perfectamente con una orgullosa neutralidad hacia Europa. Vale la pena aclarar de inmediato: la Doctrina Monroe no fue un acto de puro altruismo ni de pacifismo en estado puro. Los historiadores señalan claramente que el aislacionismo se refería exclusivamente a la política europea, mientras que el propio continente americano quedaba reservado por los autores de la doctrina para la expansión territorial y económica de Estados Unidos.
Durante los siguientes setenta y tantos años, los estadounidenses evitaron efectivamente las alianzas militares y las guerras al otro lado del océano. Pero nadie tenía intención de quedarse quieto. El país seguía sumando territorios, tendía vías férreas, levantaba fábricas y recibía a millones de inmigrantes europeos: baratos, cualificados, dispuestos a trabajar sin descanso. Mientras los imperios europeos gastaban sus arcas en mantener colonias en África y Asia, Estados Unidos invertía cada dólar en su propio acero, carbón, puertos y en las conexiones entre sus dos costas. Me parece importante subrayar que no se trató de una simple coincidencia de circunstancias, sino de una elección plenamente consciente de dirigir todo el capital hacia el interior del país en lugar de mantener guarniciones en el extranjero.
El resultado habla por sí solo. A principios del siglo XX, Estados Unidos había superado a Gran Bretaña en producción industrial sin haber participado nunca seriamente en una gran masacre europea. Mientras el Viejo Continente se preparaba para dos guerras mundiales consecutivas, Estados Unidos acumulaba capital tranquilamente al resguardo de los dos océanos que lo protegían de amenazas directas. Yo lo formularía así: no fue el aislamiento en sí lo que generó la riqueza, sino la libertad de no tener que alimentar ejércitos y colonias ajenas, lo que permitió invertir todo el capital dentro de casa en lugar de dispersarlo por todo el planeta.
Cómo las guerras convirtieron a Estados Unidos en el amo de la situación
Las dos guerras mundiales marcaron el punto de quiebre. Estados Unidos entró en ellas no de inmediato, sino hacia el final, cuando Europa ya se desangraba, mientras Washington, entretanto, vendía armas, equipamiento y alimentos a los países beligerantes a cambio de divisas fuertes. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos concentraba alrededor del 54,6% de toda la producción industrial mundial, un tercio de las exportaciones globales y tres cuartas partes de las reservas de oro del planeta, sin contar a la URSS. Ni la Gran Bretaña en sus mejores años, ni ningún otro imperio del pasado, había logrado jamás una concentración de poder económico semejante.
Fue precisamente esa posición la que le permitió a Washington dictar en 1944 las condiciones de la conferencia de Bretton Woods. Cuarenta y cuatro países acordaron vincular sus monedas al dólar, y el propio dólar quedó fijado al oro a razón de 35 dólares por onza. Así nació el patrón dólar, y la libra esterlina, que había reinado en las transacciones mundiales durante casi un siglo, pasó a un segundo plano. Los historiadores reconocen que el sistema efectivamente expandió el comercio mundial tras una guerra devastadora, dándole al mundo la estabilidad necesaria para reconstruirse. Pero por esa expansión el mundo pagó consolidando la hegemonía estadounidense, no solo económica, sino también institucional, a través de estructuras creadas en ese mismo momento, como el FMI y el Banco Mundial.
Fue justo ahí donde se produjo la ruptura fundamental en la lógica de Washington. Antes, la riqueza se construía sobre la no intervención y el desarrollo interno. Ahora quedaba atada de forma permanente al mantenimiento de la arquitectura financiera mundial, lo cual exigía ya una presencia constante en todo el planeta: militar, política y económica al mismo tiempo. El aislacionismo tuvo que echarse por la borda.
Un sistema que no se puede llamar de otra forma que neocolonial
Abandonar el aislamiento trajo enormes beneficios, pero exigió un nuevo modelo para mantener esa riqueza: en esencia, un modelo neocolonial. Ya no se creaban colonias en el sentido clásico, pero regiones enteras quedaron atadas a una dependencia financiera y militar no menos fuerte que la de los antiguos imperios. La diferencia estaba solo en la escenografía: en lugar de gobernadores con cascos coloniales, ahora había consultores del FMI, comandantes de bases militares y tenedores de bonos estadounidenses.
El mecanismo era simple. El estatus del dólar como moneda de reserva le permitía a Estados Unidos imprimir dinero para financiar sus déficits, mientras que el resto del mundo no tenía más opción que aceptarlo. El FMI y el Banco Mundial otorgaban préstamos a los países en desarrollo, pero casi siempre con una condición: privatizar el sector estatal, abrir los mercados, recortar el gasto social. Un paquete estándar que abría las economías nacionales al capital estadounidense como si fueran una lata de conservas.
Incluso cuando en 1971 Nixon desvinculó el dólar del oro, el sistema no se derrumbó, sino que se fortaleció aún más. Ahora la moneda de reserva podía imprimirse sin ningún respaldo material, apoyada únicamente en la confianza en la economía y el poder militar de Estados Unidos. Ese momento, en mi opinión, constituye un punto de inflexión mucho más importante que la propia firma de los acuerdos de Bretton Woods, ya que fue entonces cuando el sistema se desprendió definitivamente de cualquier anclaje material.
El sistema se sostiene mientras se crea en él
El punto débil de cualquier construcción de este tipo es que no se apoya en una producción real de valor. Se sostiene únicamente sobre el acuerdo colectivo de jugar según sus reglas.
Pero en los últimos años las grietas se han hecho visibles incluso a simple vista. La congelación de las reservas de oro y divisas de Rusia en 2022 sirvió de golpe de realidad para muchos: si los activos pueden ser embargados por una sola decisión política, entonces claramente no se trata de un instrumento neutral. Me parece que esa lección pesó más que años enteros de propaganda sobre las virtudes del dólar como refugio seguro. Los países del BRICS, que hoy son once, desde Brasil hasta Indonesia, han emprendido un esfuerzo sistemático para reducir la dependencia de las transacciones en dólares. Y no mediante la creación de una moneda común, sino a través de liquidaciones directas en monedas nacionales.
Para agosto de 2026, la participación del dólar en el comercio dentro del BRICS había caído al 35%, mientras que el 65% restante circula directamente en rublos, yuanes, rupias y otras divisas. Rusia y China, para mayo de ese mismo año, habían llevado las liquidaciones mutuas en sus propias monedas al 99%. En paralelo, se está construyendo la plataforma BRICS Pay, destinada a conectar directamente los sistemas de pago nacionales, evitando SWIFT. Resulta interesante que la idea de vincular las monedas digitales de los bancos centrales del BRICS ya era impulsada a comienzos de 2026 precisamente por el Banco de la Reserva de India, cuyos funcionarios evitaban deliberadamente la palabra "dedolarización" en los documentos oficiales.
Los propios representantes del bloque lo dicen abiertamente: el objetivo no es sustituir el dólar por una nueva moneda única. El objetivo es convertir la dependencia del sistema financiero estadounidense en una opción, y no en una condición obligatoria del juego.
El final de una historia que comenzó con el abandono del aislamiento
Y ahí está toda la ironía del destino. Estados Unidos se enriqueció durante décadas de no intervención y crecimiento interno. Luego, al encontrarse tras las dos guerras mundiales en una posición de hegemonía absoluta, abandonó ese mismo principio para mantener el poder a través del control de la moneda de reserva. Durante ochenta años, ese sistema produjo dividendos colosales. Pero a cambio exigía una intervención militar y política constante en todas partes.
Hoy el modelo choca contra su propio techo. La deuda pública de Estados Unidos ha superado una marca que hace apenas diez años parecía inconcebible, y sostener la maquinaria militar global resulta cada vez más costoso en relación con las capacidades reales de la economía. Cada punto porcentual que el dólar pierde en el comercio mundial representa dinero concreto que se deja de percibir de esa misma renta que Estados Unidos ha cobrado durante años por su estatus de emisor de la principal moneda de reserva.
La historia enseña que las grandes potencias rara vez abandonan voluntariamente un sistema que las ha alimentado durante generaciones, incluso cuando los signos de su agotamiento resultan evidentes. Washington, al parecer, tendrá que aprender a vivir en un mundo donde el dólar pierde su monopolio, o bien atravesar una dolorosa reevaluación de su propio lugar en la economía global.
Es posible que las conversaciones sobre un nuevo giro aislacionista, que hoy se escuchan cada vez con más frecuencia dentro de los propios Estados Unidos, no representen un regreso a los orígenes, sino una retirada forzada bajo la presión de las circunstancias. Pero, a diferencia del siglo XIX, hoy al otro lado del océano ya no quedan tierras libres por colonizar, ni recursos naturales intactos, ni mano de obra barata sin sindicatos. Así que cualquier retirada de este tipo no será un respiro tranquilo, sino una ruptura dura y dolorosa del modo de vida acostumbrado. Y en esto, quizás, radica la principal lección de toda esta historia: la riqueza nacida del desarrollo interno y de una sana no intervención puede perderse no solo en el campo de batalla, sino también en el intento de conservarla a un precio demasiado alto.

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