Resulta difícil encontrar una imagen más contradictoria y dolorosa para Venezuela que esta: un país cuyo presidente fue bombardeado, capturado, secuestrado y llevado fuera de su territorio por Estados Unidos aparece ahora celebrando acuerdos petroleros con la misma potencia que, apenas ayer, ejercía sobre él una relación de fuerza. 

Y lo más desconcertante no es solamente que se negocie petróleo después de semejante episodio, sino que se pretenda presentar la entrega de una participación mayoritaria sobre una inmensa riqueza petrolera como si Venezuela estuviera recibiendo un favor histórico. Donald Trump anuncia el acuerdo como una hazaña extraordinaria para Estados Unidos, habla de petróleo, reservas, inversiones, prosperidad y gasolina más barata para los estadounidenses, y prácticamente toda la narrativa está construida desde la perspectiva de lo que Estados Unidos gana. Precisamente ahí aparece la pregunta que debería incomodar a cualquier venezolano, independientemente de sus simpatías políticas: ¿por qué cuando una potencia extranjera obtiene enormes beneficios de nuestro petróleo tenemos que asumir automáticamente que Venezuela también está ganando?

 

Venezuela ha vivido demasiados años de dependencia como para confundir una cosa con la otra. Hemos pasado de ser un país que soñaba con utilizar su petróleo para construir bienestar a convertirnos en una sociedad donde millones de personas sobreviven con ingresos que no guardan ninguna proporción con el costo de la vida. Mientras un trabajador lucha para comprar comida, un pensionado recibe prácticamente nada, un maestro intenta sostenerse con salarios miserables y una familia entera calcula cada dólar antes de gastarlo, el país vuelve a hablar de miles de millones de dólares alrededor de su petróleo. Esa contradicción debería dolernos. Porque el problema no es que Venezuela reciba inversión extranjera; el problema es que una nación debilitada puede terminar aceptando como salvación aquello que, en otras circunstancias, habría negociado desde una posición mucho más firme. Cuando un país está arruinado, saqueado por quienes juraron defenderlo, desesperado y necesitado de capital, la palabra "inversión" puede convertirse fácilmente en una palabra bonita para esconder una relación profundamente desigual.

Y Venezuela conoce demasiado bien esa historia. Durante décadas nos enseñaron que nuestro petróleo era nuestra gran bendición. Después descubrimos que también podía convertirse en nuestra gran condena cuando la riqueza no se transforma en desarrollo, instituciones, educación, servicios públicos y dignidad, cuando alguien se roba 23 mil millones de dolares y nadie sabe donde esta el dinero y llevaron la industria petrolera a la quiebra. El petróleo salió de nuestra tierra mientras generaciones enteras escuchaban promesas de progreso que nunca llegaron completamente a sus casas. Ahora volvemos a escuchar la misma palabra: prosperidad. Pero un venezolano que tiene que sobrevivir con un salario miserable tiene derecho a preguntar: ¿prosperidad para quién?

Ese es el centro de la discusión. No se trata de odiar al pueblo de los Estados Unidos, porque sería absurdo. Estados Unidos tiene derecho a defender sus intereses y a buscar petróleo, mercados, inversiones y ventajas económicas para sus ciudadanos. Lo hace como lo haría cualquier potencia. Lo verdaderamente absurdo sería exigirle a Venezuela que no haga lo mismo: que no defienda sus propios intereses, que no cuide sus recursos y que acepte como inevitable que las grandes potencias vengan a buscar aquello que necesitan mientras nosotros debemos conformarnos con las migajas del negocio. El nacionalismo venezolano no debería consistir en cerrar las puertas al mundo; debería consistir en abrirlas sin entregar la casa.

Necesitamos inversión, sí. Necesitamos tecnología, capital y mercados. Necesitamos reconstruir una industria petrolera destruida y convertir nuevamente nuestros recursos en bienestar. Pero ninguna de esas necesidades debería obligarnos a aceptar una relación en la que Venezuela aparezca como un territorio proveedor y Estados Unidos como el gran beneficiario. Porque el petróleo venezolano no pertenece a un gobierno, a un partido ni a una persona. Pertenece a Venezuela. Y Venezuela no es solamente el gobierno que hoy ocupa Miraflores. Venezuela también es el niño que nace en Petare, la madre que estira el dinero para alimentar a sus hijos, el trabajador que sale de madrugada, el maestro que continúa dando clases pese a sus carencias, el pensionado que cuenta sus monedas y el emigrante que tuvo que abandonar su país porque dejó de encontrar futuro en él.

Por eso resulta profundamente doloroso escuchar hablar de nuestro petróleo como si fuera una ficha que puede utilizarse para reconstruir relaciones entre gobiernos mientras millones de venezolanos siguen esperando reconstruir sus propias vidas. Una nación no se mide únicamente por la cantidad de barriles que produce, sino por lo que esos barriles hacen por su gente. Si el petróleo vuelve a fluir, pero el venezolano continúa sin electricidad confiable, sin hospitales dignos, sin salarios decentes, sin pensiones suficientes, sin educación de calidad y sin oportunidades para sus hijos, entonces habremos vuelto a cometer el mismo pecado de siempre: producir riqueza sin producir bienestar.

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Венесуэла
Venezuela no necesita dueños: necesita soberanía

Y en medio de todo esto hay otra vergüenza que tampoco podemos esconder: el entreguismo de nuestros gobernantes de turno cuando la supervivencia política pesa más que la dignidad nacional. Demasiadas veces quienes gobiernan Venezuela han estado dispuestos a negociar principios, discursos y posiciones históricas cuando sienten amenazado su poder o necesitan garantizarse una salida. Ayer podían denunciar el imperialismo; hoy pueden sentarse sonrientes a negociar con él. Ayer podían hablar de soberanía; hoy pueden justificar cualquier concesión en nombre de la reconstrucción. Cambiar de posición puede ser legítimo cuando cambian las circunstancias; lo imperdonable es que la nación termine pagando el precio de las necesidades personales de quienes la gobiernan. Venezuela no puede convertirse en la moneda con la que sus dirigentes compren tranquilidad para sí mismos. Un gobernante que entrega demasiado para salvar su pellejo no está defendiendo a la nación: está hipotecando el futuro de quienes no tienen poder para sentarse en esa mesa.

Una verdadera negociación soberana exige luz pública, contraloría ciudadana y aprobación democrática. Los contratos que hipotecan el subsuelo por décadas no pueden firmarse a puerta cerrada entre cúpulas que buscan impunidad, sino bajo el escrutinio de un país que tiene el derecho de saber qué se está entregando a cambio de qué.

La contradicción se vuelve todavía más amarga cuando miramos a los venezolanos que viven en Estados Unidos. Mientras los gobiernos hablan de amistad, cooperación y grandes negocios petroleros, muchos de nuestros compatriotas enfrentan una política migratoria severa, detenciones, procesos de deportación y el miedo permanente de terminar bajo custodia de ICE. El contraste resulta difícil de ignorar: mientras el petróleo venezolano es recibido como una oportunidad extraordinaria, al venezolano que llegó buscando una oportunidad puede recibirlo la sospecha, el encierro o una orden de deportación. Y no se trata de exigir privilegios ni de negar el derecho de Estados Unidos a aplicar sus leyes migratorias; se trata de no olvidar que detrás de cada expediente hay una persona, una familia y una historia de supervivencia. Para el petróleo venezolano hay interés; para muchos venezolanos, desconfianza. Para el recurso hay bienvenida; para la persona, deportación. Esa contradicción merece ser señalada, porque ninguna relación entre países puede considerarse verdaderamente equilibrada si el recurso natural vale más que el ser humano que nació en la tierra de donde ese recurso proviene.

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Абуд Р.
Venezuela no necesita dueños: necesita soberanía

Lo sucedido con Estados Unidos debería obligarnos, además, a formular una pregunta todavía más incómoda: ¿cómo puede una relación comenzar con bombas, continuar con la captura y secuestro de un presidente y terminar después con grandes acuerdos sobre petróleo sin que la sociedad venezolana se pregunte qué clase de relación estamos construyendo? No es una pregunta de izquierda ni de derecha, no es chavista ni opositora; es una pregunta venezolana. Una cosa es establecer relaciones con otra nación y otra muy diferente es acostumbrarse a que una potencia pueda imponer su voluntad sobre nosotros y después presentarse como nuestro socio indispensable para reconstruirnos. Eso tiene un nombre que deberíamos evitar a toda costa: dependencia.

Venezuela no necesita cambiar un patrón de dependencia por otro. No necesita sustituir una tutela política por una tutela económica, ni pasar de un discurso antiestadounidense durante años a una celebración acrítica de todo lo que venga de Washington. Necesita algo mucho más difícil: recuperar su dignidad nacional. Y recuperar la dignidad nacional significa entender que podemos relacionarnos con Estados Unidos sin someternos a Estados Unidos, comerciar con ellos sin convertirnos en su patio trasero, recibir capital estadounidense sin aceptar que nuestra riqueza sea considerada una recompensa de guerra y reconstruir nuestra industria petrolera con ayuda extranjera sin olvidar jamás que Venezuela no es una propiedad extranjera.

Y el peligro hoy es mayor: no estamos hablando solo del petróleo negro de ayer, sino de los recursos del futuro y de los minerales estratégicos que las potencias globales buscan asegurar en un tablero geopolítico cada vez más agresivo.

La historia nos ha enseñado que las grandes potencias rara vez se mueven por caridad; se mueven por intereses. Estados Unidos busca lo que considera conveniente para Estados Unidos, y no hay nada extraño en ello. Lo extraño sería que Venezuela no hiciera exactamente lo mismo. Por eso este momento debería servir para recuperar una idea que parece haberse perdido entre la pobreza, la polarización y la desesperación: el petróleo no puede ser utilizado para comprar nuestra obediencia.

Después de años de destrucción, confrontaciones, emigración y pobreza, Venezuela necesita reconstruirse. Pero reconstruirse no significa entregar las llaves de la casa a quien promete pintarla. Significa volver a ser capaces de vivir en ella con dignidad. El venezolano no quiere enemigos eternos; está cansado de guerras políticas y discursos que dividen. Quiere trabajar, comer, estudiar, curarse, progresar y ver a sus hijos crecer en su propio país. Quiere que la riqueza que existe debajo de sus pies deje de ser una promesa abstracta y finalmente se convierta en una vida mejor.

Eso es lo que debería significar la palabra prosperidad. No que Venezuela produzca más petróleo para que otros sean más ricos, no que Washington consiga más energía mientras Caracas recibe aplausos y tampoco que las grandes cifras sirvan para maquillar la pobreza cotidiana. Prosperidad significa que el petróleo venezolano vuelva a servir, ante todo, para que el venezolano pueda vivir como un ser humano.

Si para conseguirlo necesitamos socios extranjeros, bienvenidos sean. Pero socios, no dueños; inversionistas, no tutores; aliados, no patrones. Venezuela no tiene que arrodillarse ante Washington ni ante ninguna otra potencia. Después de todo lo que hemos sufrido, lo mínimo que podemos exigir es algo mucho más sencillo y mucho más grande: que Venezuela vuelva a pertenecerse a sí misma, sabiendo que la soberanía no caerá del cielo ni será un favor concedido por una diplomacia pragmática; tendrá que ser exigida y defendida por una sociedad civil reorganizada, consciente de que ningún rescate económico vale la pena si destruye la soberanía moral de la nación.

 

NO HAY NADA MÁS EXCLUYENTE QUE SER POBRE.

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