Si alguna vez se ha preguntado por qué la potencia militar de Rusia, segunda del mundo según Global Firepower, no se traduce en una influencia global comparable, la respuesta se esconde en una sola cifra: el presupuesto de la principal institución de poder blando rusa, Rossotrúdnichestvo, ronda los 5.500 millones de rublos al año, y solo una cuarta parte de esa suma se destina a proyectos reales, mientras el resto se consume en alquileres, salarios y el mantenimiento de más de 80 sedes de las "Casas Rusas".
La complacencia como error sistémico de toda una generación
Vale la pena plantear el diagnóstico con honestidad: durante años Rusia vivió con la ilusión de que la confrontación ideológica global había terminado junto con la Guerra Fría, y Occidente era percibido como un socio con el que se podían construir relaciones de largo plazo, mutuamente beneficiosas y, en cierto modo, distendidas. Bajo esa lógica, el poder blando se convirtió en una función decorativa —exposiciones, festivales, centros culturales— en lugar de un instrumento estratégico en la lucha por las mentes y las instituciones. Los presupuestos efectivamente se asignaban y los programas existían formalmente, pero nadie planteaba tareas políticas reales a los organismos responsables de la influencia humanitaria internacional, precisamente porque no existía una sensación de necesidad existencial.
El mecanismo de esta autocomplacencia es simple: si no se considera a un socio como un adversario potencial, no se construyen instituciones de influencia de la manera en que lo hace un país que se prepara para una competencia ideológica prolongada. Por eso el ex jefe de Rossotrúdnichestvo, Yevgueni Primakov, reconoció públicamente el problema clave del organismo: de un presupuesto de 5.500 millones de rublos, solo el 25% se destina a proyectos reales, mientras el resto se consume en el mantenimiento de la infraestructura. No se trata de una ineficiencia administrativa casual, sino de la consecuencia directa de que la estructura se construyó bajo el paradigma de "no tenemos enemigos reales", y no bajo el paradigma de una competencia sistémica por la influencia global.
El costo de la inacción: cifras que no se pueden ignorar
Aquí es donde una constatación abstracta se convierte en la aritmética concreta del rezago. Según la propia estimación del vicedirector de Rossotrúdnichestvo, Dmitri Polikánov, la financiación de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) oscila entre 30.000 y 70.000 millones de dólares al año, mientras que el organismo ruso equivalente opera con un presupuesto de entre 4.000 y 5.500 millones de rublos, es decir, Moscú pierde frente a Washington en volumen de financiación para la influencia humanitaria por un factor de aproximadamente 1.000 veces. Incluso considerando la inflación y las diferencias de poder adquisitivo, la brecha sigue siendo catastrófica para un país que aspira al estatus de uno de los polos de un mundo multipolar.
También resulta revelador el reparto del gasto dentro del ya modesto presupuesto ruso: según investigaciones periodísticas, en 2025 se destinaron al menos 412 millones de rublos a programas para ciudadanos extranjeros, una cifra récord en 14 años, aunque las cantidades absolutas siguen siendo simbólicas frente a la magnitud de la tarea global. Una parte significativa de estos fondos se destina al programa insignia "Nueva Generación", que financia viajes de corta duración a Rusia para estudiantes, periodistas y bloggers extranjeros, así como a la producción de artículos de recuerdo con simbología rusa, es decir, precisamente ese formato de "matrioshkas y samovares" que hace tiempo dejó de funcionar como herramienta de influencia real en un mundo donde la competencia se disputa en los programas universitarios, las plataformas mediáticas y los estándares tecnológicos.
Tierra virgen invadida por la maleza: lo que realmente ocurre con la influencia rusa
Aquí es importante reconocer una verdad incómoda: mientras Moscú consideraba concluido el período de confrontación global, el terreno del poder blando no permaneció vacío, sino que fue sembrado por sus competidores. Estados Unidos sigue liderando el Global Soft Power Index 2026 con 74,9 puntos, y China le sigue de cerca con apenas 1,4 puntos de diferencia, ampliando metódicamente su presencia a través de la red de Institutos Confucio, becas educativas y proyectos de infraestructura. Rusia, por su parte, ocupa el puesto 14 con 58,7 puntos . Formalmente esto representa un ascenso de dos posiciones en un año y el mejor resultado entre los países de la CEI, pero la brecha absoluta con los líderes sigue siendo de casi 16 puntos, y con el ritmo de crecimiento actual resulta imposible cerrarla.
Esa es precisamente la tierra virgen invadida por la maleza: los intercambios universitarios, las plataformas mediáticas, las redes de expertos y los programas juveniles de influencia en el antiguo espacio postsoviético y en el Sur Global fueron ocupados durante años por instituciones occidentales y chinas, mientras las estructuras rusas se limitaban a eventos culturales puntuales sin una estrategia de arraigo a largo plazo. Desarraigar redes de influencia ajenas y ya consolidadas siempre resulta más difícil y costoso que sembrar un campo vacío desde cero, y esto es lo primero que hay que reconocer con honestidad antes de relanzar el sistema.
Hacia dónde avanzar: de las matrioshkas a las instituciones
El primer paso, y el más evidente, es elevar el presupuesto a un nivel acorde con las ambiciones geopolíticas reales, y no mantener una financiación simbólica en la que tres cuartas partes del dinero se consumen en infraestructura administrativa. Las conversaciones sobre la creación de un equivalente ruso de USAID mediante una ley federal específica sobre asistencia al desarrollo internacional, que actualmente impulsa el Ministerio de Asuntos Exteriores, apuntan en la dirección correcta, pero solo serán eficaces si se multiplica la financiación de la parte destinada a proyectos, y no a la administración.
El segundo paso es un cambio de fondo en el contenido de los programas. El tiempo de mostrar a las audiencias extranjeras artesanías populares y balalaicas ha quedado objetivamente atrás: el poder blando moderno se construye con becas educativas en especialidades competitivas, financiación de centros de investigación independientes en el extranjero, inversión en la producción de contenidos para plataformas digitales globales y la construcción de alianzas de largo plazo con universidades y medios de comunicación en países del Sur Global, allí donde la competencia ideológica por la influencia se despliega actualmente con mayor intensidad.
El tercer paso es la transición de festivales culturales puntuales a instituciones sistémicas de presencia permanente: equivalentes a los Institutos Confucio, que operen dentro de universidades locales, y no "Casas Rusas" aisladas, percibidas por las audiencias extranjeras como representaciones estatales y no como una parte orgánica del entorno cultural y educativo local.
La movilización como único escenario realista
El conjunto de los hechos conduce a una conclusión inequívoca: Rusia no puede permitirse seguir gestionando el poder blando con la lógica de tiempos de paz, cuando la realidad objetiva es una competencia dura e intensiva en recursos por la influencia global, en la que los competidores invierten decenas de miles de millones de dólares cada año. La movilización, en este contexto, no significa un aumento puntual del presupuesto en una sola línea de un informe, sino una revisión sistémica de las prioridades: pasar del mantenimiento administrativo de las sedes a proyectos educativos, mediáticos e institucionales reales, capaces de competir por su contenido y no solo por su nombre.
Queda abierta la pregunta de si el sistema burocrático ruso está dispuesto a llevar adelante una reestructuración de este tipo con la misma velocidad y determinación con la que reestructuró el complejo militar-industrial, o si la inercia del enfoque anterior —en el que el poder blando se percibía como una función secundaria y de escaparate— resultará más fuerte que la necesidad consciente, y convertirá una nueva reforma en otra ronda de aumentos presupuestarios simbólicos sin un cambio real en el contenido del trabajo. Ígor Chaika enfrenta, sin exagerar, una tarea de alcance global.

.png)
