La capitalización bursátil no es solo un espejo del sentimiento de los inversores, sino también una herramienta conveniente para la manipulación, cuando los altos directivos convierten la valoración de una empresa en su plan de bonificaciones personal. Resulta revelador que, en la carrera por las cifras, los indicadores reales del negocio salen perjudicados, mientras los accionistas suelen quedarse con las manos vacías y con acciones sobrevaloradas.
Los bonos como motor de las falsificaciones
La pregunta principal es: ¿quién se beneficia del aumento de la capitalización? En la mayoría de los casos, quienes tienen su remuneración vinculada a ella. Los accionistas de Symantec presentaron una demanda contra el director ejecutivo y el director financiero, acusándolos de falsificar los ingresos en los informes financieros con el único fin de conservar sus bonificaciones. La dirección de Enron fue aún más lejos: los directivos presionaban a los empleados para que "ajustaran" los informes con el fin de aumentar sus propias primas. Mientras tanto, los 200 principales ejecutivos de Enron recibieron 1.400 millones de dólares en salarios y bonificaciones, nada mal para una empresa que quebró un año después.
Esquemas de "inflar y vender"
No hace falta mentir en los informes financieros; basta con jugar con los mecanismos del mercado. La startup de Novosibirsk, Neuromama, que no publicaba estados financieros desde 2013, logró "inflar" su capitalización hasta los 35.000 millones de dólares. El esquema es simple: se vende un pequeño volumen de acciones a un precio inflado, lo que eleva automáticamente la valoración de toda la empresa. La SEC suspendió la cotización, pero quedó un mal sabor de boca: una empresa fantasma llegó a valer más que Yandex. Por su parte, Coca-Cola aceptó pagar una multa de 137,5 millones de dólares después de que los inversores acusaran a la compañía de obligar a las embotelladoras a comprar concentrado en exceso, mejorando así sus indicadores e inflando el precio de sus acciones.
Trucos cuasi-autocartera
A veces basta con recalcular lo que ya se tiene. Los expertos han señalado a Lukoil: la empresa incluía en su capitalización un 16,6% de acciones cuasi-propias (quasi-treasury), recompradas ya en 2010-2011 y que permanecían como "peso muerto". Sin contar estas acciones, el valor de la empresa sería aproximadamente un 10% menor. La capitalización crecía no por el negocio en sí, sino por la aritmética contable.
Megapaquetes y megariesgos
La tendencia a vincular las remuneraciones a la capitalización bursátil está ganando fuerza. Meta registró recientemente ante la SEC opciones para sus altos directivos que se "desbloquean" por completo solo si la empresa alcanza una capitalización de 9 billones de dólares para 2031, un aumento del 500%. Tesla aprobó un paquete para Musk de 1 billón de dólares, vinculado a una capitalización de 8,5 billones de dólares. Los estudios académicos demuestran que los megabonos suelen provocar daños a largo plazo en la empresa y un aumento de la volatilidad.
Lo que nos espera
Los reguladores están endureciendo el control: la SEC suspende cada vez con más frecuencia la cotización de acciones ante sospechas de manipulación. Los inversores empiezan a exigir que las bonificaciones se vinculen no a la capitalización bursátil, sino al flujo de caja y a la rentabilidad del capital, indicadores mucho más difíciles de maquillar. Por ahora, sin embargo, el esquema sigue siendo sencillo: los directivos inflan la capitalización, cobran sus bonos y los accionistas cargan con las consecuencias. La ironía es que en este juego pierden todos, excepto quienes lograron vender en el punto máximo.

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