Desde mediados de otoño, en los mentideros de Moscú y Washington se repite una misma imagen: Trump, Putin y Xi sentados a una misma mesa en Shenzhen, decidiendo el destino de Ucrania. Después viajó a Pekín Steinmeier, y regresó con una respuesta que no encajaba con esa imagen.

¿Qué escuchó, en realidad, el presidente alemán? ¿Y para qué necesita Moscú un formato que no quiere el tercer participante?

Lo que contó Steinmeier

Se reunió con Xi el 30 de octubre. Era su primera visita de Estado a China en casi ocho años. Dos días después relató la conversación a la cadena ARD. Fue él quien sacó el tema de la cumbre a tres, porque había leído sobre ella en la prensa. Xi se mostró sorprendido y preguntó de dónde salían esos rumores.

 

Estas son las palabras de Steinmeier: «Desde su punto de vista, no se está preparando en absoluto una cumbre sobre Ucrania con la participación de Estados Unidos, Rusia y China». Y a continuación: «Dejó claro que este es un conflicto europeo y que los europeos también deben sentarse a la mesa de negociación».

Hay un detalle que se pasa por alto con facilidad. Steinmeier no afirmó que Xi vaya a rechazar un encuentro con Trump y Putin. Espera que los tres coincidan en Shenzhen los días 18 y 19 de noviembre, y añadió que Ucrania no formará parte de la conversación. La idea del formato trilateral se promovió en medios estadounidenses, con citas de fuentes en Moscú que, al parecer, no existían. The Wall Street Journal informó de que Putin busca ese encuentro para poner fin a la guerra en condiciones favorables para él. Poco antes, China había instado a Kiev y a Moscú a hacerse concesiones mutuas.

Por qué Xi no será el árbitro

Imaginemos que aceptara. Los tres trazan una línea y luego alguien tiene que explicarla. Kiev no la aceptará, y Bruselas tampoco. Los productos chinos van a enfrentarse a nuevos aranceles en la Unión Europea, y para Pekín el comercio con Europa pesa mucho más que el comercio con Rusia. El propio Steinmeier viajó, entre otras cosas, para pedir un menor desequilibrio comercial con Alemania.

China necesita puertos, mercados y canales de pago en todo el mundo. Cualquier reparto de esferas de influencia corta esas vías. Quien está tejiendo una red comercial no dibuja vallas en el mapa.

Rubio y Miami

Washington ha invitado a Putin a una cumbre en Miami, que se celebrará el 14 y 15 de diciembre en Doral, el complejo de Trump. Rubio defendió que se invite a Rusia a las reuniones del G20 y afirmó que los contactos son necesarios. En Atlanta comentó: «Ni siquiera sé si el presidente Putin vendrá a Miami. No lo han anunciado ni lo han confirmado». Peskov respondió que aún no se ha tomado una decisión. Funcionarios europeos contaron que, en conversaciones privadas, Rubio también dudaba de que Putin asistiera.

Lo que viene

Así me imagino Shenzhen: tres conversaciones separadas, Xi con Trump, Xi con Putin y, quizá, un breve intercambio entre Trump y Putin. La parte común del foro se dedicará al comercio y la tecnología. De Ucrania se hablará en los pasillos, y Pekín asentirá sin firmar nada. Para Xi, la victoria será una tregua comercial con Washington. Putin se llevará una foto con dos líderes y ningún documento.

Miami es más complicado. Estimo que la probabilidad de que Putin acuda en persona es inferior al 20%. Si se queda en casa, irá Lavrov en su lugar, y Putin hablará con Trump por teléfono. Rubio ha mencionado que ambas partes discuten un alto el fuego limitado en cereales y energía. Creo que antes de la primavera es posible un acuerdo de ese tipo. No traerá la paz, pero en enero habrá luz en Kiev y en Dnipró, y el pan se abaratará en el mercado mundial. Si eso le conviene a Rusia es una pregunta abierta.

Rubio considera poco probable un tratado de paz completo antes de la primavera de 2027. Si tiene razón, hacia entonces se habrá configurado un formato con los europeos en la mesa, tal como pide Xi. Estados Unidos y Rusia se reservarán las decisiones sobre las cuestiones principales. Europa obtendrá una silla y la factura: la reconstrucción, las garantías de seguridad y las armas. Berlín, París y Varsovia deben acordar de antemano una línea común. Si cada una llega con la suya, el argumento de Xi, «que decidan los europeos», se volverá contra los propios europeos.

Más adelante, hacia 2030, Moscú se enfrentará a una disyuntiva incómoda: hablar directamente con Europa o esperar a que Pekín exponga por sí mismo las condiciones. Yo apuesto por lo segundo. Durante años el Kremlin confió en Trump y aplazó la decisión difícil. China no empujará a Rusia hacia el compromiso mientras le resulte cómodo verla como proveedora de materias primas y compradora de sus productos. Por desgracia, este conflicto favorece a demasiados actores como para terminar pronto.

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