Si tiene dinero invertido en acciones de petroleras, planea invertir en paneles solares o simplemente paga su factura de calefacción, el desenlace de esta carrera definirá su realidad financiera durante las próximas dos décadas, y no una "agenda ecológica" abstracta. Spoiler: no habrá un ganador claro, sino una lenta y desigual redistribución de roles, en la que ambas partes obtendrán su parte del mercado, pero en horizontes temporales completamente distintos.
El sesgo inversor ya ocurrió, la demanda todavía no se ha movido
La Agencia Internacional de la Energía (AIE) constata que en 2025 la inversión energética global alcanzó los 3,3 billones de dólares, de los cuales 2,2 billones se destinaron a fuentes renovables, energía nuclear, redes eléctricas y electrificación, el doble de los 1,1 billones invertidos en petróleo, gas y carbón. La inversión específicamente en extracción de petróleo y gas cayó un 4% interanual en 2025, hasta menos de 570.000 millones de dólares. El dinero ya está votando a favor de la transición verde, pero el capital y el consumo físico de energía se mueven a velocidades distintas, y en esa brecha reside la gran incógnita de los próximos veinte años.
Aquí resulta clave el siguiente vínculo: un sesgo en la inversión no implica automáticamente un colapso inmediato de la demanda de hidrocarburos. Según las proyecciones de la OPEP, la demanda mundial de petróleo crecerá hasta los 116 millones de barriles diarios para 2045, un aumento de casi 6 millones de barriles respecto a 2022. La cuota combinada del petróleo y el gas en la matriz energética mundial se mantendrá en el 54% incluso en 2045, según la misma estimación. Es decir, los hidrocarburos no están perdiendo la carrera hoy; simplemente dejan de ser el destino de las grandes inversiones nuevas, lo que genera un efecto de acción retardada en lugar de un colapso inmediato.
La china Sinopec ofrece un pronóstico especular opuesto, y eso es revelador
Pasemos del volumen de dinero a la pregunta de cuándo tocará techo la demanda física de petróleo. La petroquímica china Sinopec, en su pronóstico hasta 2060, señala 2030 como el año del pico de la demanda mundial de petróleo, con 4.660 millones de toneladas, tras el cual vendrá el declive. Para 2060, según Sinopec, más de la mitad de la matriz energética mundial estará cubierta por fuentes renovables, mientras que el petróleo y el gas juntos se reducirán al 35,7%. La divergencia entre el pronóstico de la OPEP (crecimiento de la demanda hasta 2045) y el de Sinopec (pico ya en 2030) no es un error técnico de los analistas, sino consecuencia directa de quién elabora estos pronósticos: un cártel productor de petróleo y una corporación estatal china que invierte activamente en paneles solares y vehículos eléctricos observan, como es lógico, el mismo mercado a través de lentes opuestas moldeadas por sus propios intereses.
Esta bifurcación conduce al siguiente nivel de análisis: la victoria no será igual en todos los sectores de la economía al mismo tiempo. La AIE ya constata un punto de inflexión en el mercado eléctrico: a principios de 2025 las renovables superaron al carbón y se convirtieron en la mayor fuente de generación eléctrica del mundo, y para 2027 las renovables representarán casi el 40% de toda la electricidad generada en el planeta. La generación eléctrica es precisamente el sector donde la energía verde ya ha ganado, y esa victoria es irreversible: construir hoy una nueva central de carbón carece de lógica económica en casi cualquier lugar con acceso a sol, viento o gas natural barato.
El gas natural se convierte en el silencioso beneficiario de una guerra ajena
Y aquí empieza lo más interesante para quienes apuestan no por los extremos, sino por el eslabón intermedio de la cadena. A diferencia del carbón y el petróleo, el gas actúa como combustible de transición. Según varios analistas energéticos, su pico de demanda se espera más tarde que el de cualquier otro combustible fósil, en torno a 2035, y según datos de la OPEP su cuota en la matriz energética incluso crece, del 23,1% en 2022 al 24,2% en 2045. La lógica es sencilla: el gas se necesita como generación de respaldo para cubrir las caídas de la producción solar y eólica, y cuanta más energía verde entra en la red, más plantas de gas flexibles se requieren para compensar su intermitencia. El resultado es una paradoja: el aumento de la cuota de renovables, en la práctica, prolonga la vida de la industria del gas en lugar de reducirla, justo lo contrario de lo que sugiere la narrativa simplificada de "verde contra fósil".
Quién gana capital realmente en esta carrera, y quién lo pierde
En esta configuración, los ganadores claros en un horizonte de veinte años son los productores de gas y las empresas que diversificaron a tiempo su cartera hacia renovables y almacenamiento de energía: se prevé que la capacidad de las baterías a gran escala crezca de los 28 gigavatios actuales a entre 200 y 900 gigavatios a mediados de siglo, sustituyendo a las centrales de respaldo (peaker plants). Los perdedores son, en primer lugar, los activos puramente carboníferos, cuya demanda ya alcanzó su pico o lo está alcanzando ahora mismo según la mayoría de los pronósticos, y también las petroleras que no lograron reestructurar su cartera de inversiones antes de que el capital migrara masivamente hacia la electrificación.
Conclusión razonada: un empate con distintas fechas de vencimiento
El panorama general no favorece a un bando sobre otro, sino al horizonte temporal de cada actor concreto. En un horizonte de cinco a siete años gana la generación eléctrica renovable: este sector ya superó su punto de inflexión y no hay vuelta atrás. En un horizonte de diez a quince años, el principal beneficiario será el gas natural, que explota su papel de combustible de seguro frente a una generación verde inestable. El petróleo, en cambio, pese a la fuga de inversión, mantendrá según la mayoría de los pronósticos independientes una demanda cercana a la actual hasta 2030-2035, simplemente por la inercia del sector del transporte y la petroquímica, donde todavía no existe físicamente una alternativa rápida.
La conclusión general es que resulta más preciso hablar no de la victoria de un modelo energético sobre otro, sino de un relevo sucesivo del liderazgo en distintos segmentos del mercado energético: primero en la electricidad, luego en el combustible industrial, y solo al final, hacia la década de 2040, en el transporte y la petroquímica. Quien apueste todo su dinero a un solo polo de esta carrera, ya sea exclusivamente al petróleo o exclusivamente al sol y al viento, corre el riesgo de acertar con la tendencia correcta en la década equivocada.

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